Aveces es tan difícil volver a la realidad que uno no puede evitar sentir algo parecido a la frustración cuando advierte que, por más que lo intente, es incapaz de situarse a la altura de las circunstancias.
Pasé el fin de semana en un pueblecito al borde del Cantábrico, sin más preocupación que la de pasear junto a los pantalanes del puerto, contemplar algún que otro edificio medieval y brindar con cerveza a la salud de los viejos tiempos y de todo lo que pueda estar por venir.
Y regresé a Gijón como quien vuelve de un balneario, es decir, con los biorritmos lo suficientemente pausados como para que no pudiesen alterarlos ni la afición que por urdir contubernios antimadridistas tiene cierta prensa deportiva (que me tragué en una sola dosis para intentar, infructuosamente, ponerme a tono) ni los enardecidos ánimos de los parroquianos, que poco a poco fueron tomando posiciones en las mesas y la barra del Gregorio para asistir a uno de esos duelos entre iguales que tanto regocijo causan en la hinchada.
No quiero decir con esto que me desentendiera de la suerte de mi equipo (me pasé una parte de la noche del sábado defendiendo mi afición por el fútbol y teorizando acerca de su carácter alegórico) ni que no me sienta abrumado por las inclemencias que cabe presumir para estas próximas jornadas, pero sí reconozco que por una vez me vi provisto de una asombrosa capacidad para relativizar todo cuanto acontecía sobre el césped del Juegos del Mediterráneo sin dejarme llevar por las iras o los lamentos de quienes pululaban por mis alrededores.
Y, así, no me invadió la euforia del gol de Diego Castro ni me enojé demasiado cuando Crusat firmó el empate tres o cuatro minutos después, sobre todo porque ya sabemos cuánto le gusta a este Sporting complicarse la vida él solo cuando todo parecen ser parabienes. Y tampoco me alteró demasiado lo que empezó a pasar después.
Primero, porque el guión que seguían los acontecimientos que nos mostraba la televisión no era más que el resultado de una serie de males endémicos que todos conocemos desde hace semanas. Segundo, porque el Sporting siempre ha sido un equipo al que le cuesta horrores sobreponerse a sus gafes históricos. Tercero, porque en el fondo siempre he sido un optimista y, después de salir ilesos de tantas tempestades, no creo que vaya a ser ésta la que nos arruine.
Aunque el partido terminara como el rosario de la aurora y lo que fue un once contra diez acabara convirtiéndose en un diez contra nueve, yo llegué al minuto 93 como si no hubiese pasado nada. Con la tranquilidad del capitán que sabe que, pase lo que pase, su destino no es otro que el de correr la misma suerte que su barco. No conozco una manera mejor de enfrentarme a las tormentas.
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Athletic |


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