
El Sporting hizo el ridículo en su campo más gafe. Hasta el punto de desperdiciar una ventaja en el marcador y de jugar en superioridad numérica desde el minuto doce de partido. Acabó desquiciado, con nueve jugadores sobre el campo, y ofreció una lamentable actitud y sin saber a que jugar. Por si fuera poco, y además de darle alas a un rival directo que sólo tiró tres veces entre los tres palos, la diferencia de goles con los almerienses es desfavorable después del descalabro de ayer.
El Sporting afrontó el partido con el 4-4-2 ensayado por Preciado durante la semana, mientras que Lillo optó por continuar con el 4-2-3-1 habitual, aunque, tanto Soriano, como Crusat, tenían libertad para modificar sus posiciones al adelantarse el centrocampista y desplazarse al centro el teórico extremo.
El Almería llevó el peso del encuentro en los primeros compases, con abuso del juego aéreo, lo que provocó que el Sporting mostrara una imagen difuminada de su estilo de juego, con problemas en las bandas, pese a la presión que ejercían Barral y Bilic sobre los centrales locales.
El guión del partido cambió a los once minutos, en la primera acción de ataque de los gijoneses, con descontrol de la zaga local. No obstante, los pupilos de Preciado daban la sensación de no atreverse a tirar a portería. Tuvo que ser Rivera, incorporado a posiciones ofensivas, el que se decidiera a disparar. Chico despejó el balón en la línea con las manos para evitar el tanto. El penalti acarreó la expulsión del central local. Diego Castro se encargó de transformar la pena máxima. En inferioridad numérica, el Almería asumió riesgos al dejar un solo central, sin modificar el resto de líneas.
Poco duró la alegría en el equipo de Preciado. Tres minutos después, llegó el gol del empate en un despiste defensivo. Crusat, con un buen control, superó la salida de Juan Pablo tras ganar la posición a los centrales sportinguistas.
El Sporting daba sensación de poder dominar el partido, pero lo hacía sin mordiente y con excesivas imprecisiones. Aunque el equipo de Preciado llegaba con relativa facilidad al borde del área andaluza, tanto a la hora de ver puerta como en el último pase, fallaban los visitantes.
El Almería hacía un gran esfuerzo para contrarrestar la diferencia numérica. El central Míchel reforzaba el centro de la defensa y M'Bami se desplazaba al lateral. El juego era impulsivo, lo que provocaba cierta tensión y discusiones, pero, sobre todo, entre los jugadores de Preciado. Cuando se acercaba el descanso, llegó el segundo gol almeriense. Fue en una falta lejana sacada por Cisma que sorprendió a Juan Pablo en el bote. El tanto provocó que el Sporting entrase en una fase de discusiones, totalmente desquiciado y con poco sentido posicional en el campo. Si tras el empate no hubo capacidad para conseguir el control del encuentro, la desorientación fue total en la última fase para quedar a merced de un rival que, con uno menos, parecía tener más efectivos sobre el césped por momentos.
Tras el descanso, el equipo gijonés salió más metido, controlando el juego, pero, sorprendentemente, sin capacidad para tirar a portería. Los pupilos de Preciado mareaban el balón, pero, pese a la necesidad acuciante que tenían de nivelar el marcador, Alves apenas intervenía. Sólo un golpe franco ejecutado por Portilla y otro tiro posterior del cántabro dieron trabajo al brasileño.
Daba la sensación de que el Sporting no tenía prisa porque el marcador le resultaba favorable. Los gijoneses no sólo no apretaban al rival ni pisaban el acelerador para acortar distancias, sino que se confiaban hasta el punto de que los ataques almerienses se convertían en contras muy peligrosas, con faltas que provocaron un alto número de tarjetas.
Dinámica preocupante
Preciado buscó alternativas. Primero con la presencia de De las Cuevas en lugar de Bilic, lo que modificaba el dibujo táctico para dejar solo a Barral en el vértice del ataque. Carmelo entró más tarde en lugar de Portilla para dejar a Rivera como único pivote. Pero las dificultades seguían para los gijoneses porque el equipo de Lillo presentaba un ordenado dispositivo defensivo que los de Preciado eran incapaces de superar. Al Almería le interesaba dormir el partido, sin pasar apuros. La única opción para el Sporting pudo estar en una clara mano de Corona en área almeriense que el colegiado no vio, pese a que su auxiliar estaba bien situado.
El último cuarto de hora fue lo más desquiciante del partido. Los gijoneses, perdidos por las prisas, eran incapaces de trenzar una jugada con un mínimo de sentido. Todo lo contrario que el conjunto local. Preciado quemó su última nave haciendo debutar a Borja Navarro en lugar de Sastre. Pedro se fue al lateral y Barral pasó a la banda para dejar al canterano en el vértice del ataque. Pero los planes se rompieron de inmediato por la expulsión del futbolista de San Fernando en una absurda reacción al propinarle un codazo a un rival. Y, en la jugada siguiente, llegó el tercer tanto almeriense. Guilherme protagonizó una internada, se plantó solo ante Juan Pablo y lo superó. Para colmo, una discusión entre Gregory y un recogepelotas le costó la roja al francés poco después. El equipo gijonés se quedó con nueve. A partir de aquí, los intentos de llegada se mantuvieron, pero sin capacidad para tirar a puerta.
El Sporting firmó en los Juegos del Mediterráneo su peor actuación de la temporada, siguiendo en una dinámica problemática, peligrosa y preocupante. Una actuación como la de ayer no puede pasarse por alto. La derrota debe marcar un antes y un después.
La imagen lamentable que ofreció el Sporting en Almería obliga a hacer una profunda meditación sobre el futuro del equipo. Seguir apelando al colchón de puntos, a que falta mucho, a que se va a sufrir y a que nos vamos a divertir, no tiene ningún sentido práctico.
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