
Un buen amigo y viejo contertulio del Café Gregorio, Quique, que regenta hace años en Barcelona, al lado mismo del MACBA, en la calle Joaquín Costa, una de las coctelerías más guapas de la Ciudad Condal, el Negroni, lugar de refugio para los gijoneses que allí peregrinamos de vez en cuando y homenaje nostálgico no sólo al cóctel del mismo nombre, sino también a esta malhadada Asturias que el túnel de marras clausura en nuestro camino hacia la Meseta, me confesaba de camino al Piles que en Barcelona alucinan con el equipo de Preciado.
De hecho, no hace muchos días, 'La Vanguardia', el principal periódico de la ciudad, le dedicaba al Sporting un amplio reportaje preguntándose cómo es posible, con casi tres cuartas partes de Liga ya satisfechas, que un equipo sólo logre ganar o perder. La respuesta a semejante dilema sigue siendo, a día presente, un profundo enigma, sospecho que incluso para el cuerpo técnico de Mareo. El propio entrenador lo expresaba con su habitual chispa en una intervención reciente, cuando Osasuna se disponía a lanzar un saque de esquina en el minuto 90 del partido disputado el pasado fin de semana en el Reyno de Navarra: «O no lo meten», aseguran que afirmó el filósofo de El Astillero, «o nos meten dos seguidos».
Ya no el Sporting, sino el propio partido contra el Deportivo, consistió ayer en una representación en toda regla de los dos universos que conviven en el fútbol: tedio y euforia, bostezo y alegría, coñazo y subidón. No en vano, fue un fallo garrafal de Aranzubía lo que despertó al personal y puso el partido patas arriba. Porque hasta la pifia del guardameta vasco, nada o casi nada había pasado sobre el césped, fuera de la superioridad por alto del equipo gallego y el consiguiente peligro que había llevado en los balones parados. Del Sporting, en la primera parte, hubo escasas noticias, a excepción del pundonor, la brega y los detalles de un jugador sobre quien luego volveremos y que, salvo catástrofe, va para figura. Cuarenta y cinco minutos de «partido táctico», como gustan de proclamar los entrenadores. Pero bastó el error de Aranzubía para que todos se volvieran locos, llegaran tres penaltis, cinco goles y arrobas de emoción como no se veían desde el encuentro contra el Sevilla. Incluso el árbitro estuvo a la altura. Ojalá los colegiados que nos piten fuera de casa sean tan valientes como Rodríguez Santiago lo fue ayer.
En cualquier caso, y a expensas de los tres puntos conseguidos, que saben a gloria sumados a los resultados de Barcelona, Santander, Sevilla y Valladolid, el partido de ayer tuvo un protagonista al que, a lo que parece, debemos ir acostumbrándonos. Los 19 años de José Ángel parecen tan esplendorosos que es difícil mantener la cabeza fría al pensar en lo que este chaval puede llegar a convertirse. Su gol de ayer, con ser magnífico, es lo de menos, porque lo que asombra en él es su madurez, su aplomo y, por descontado, sus recursos. Acostumbrados a talentos jovencísimos en puestos decisivos, de medio campo hacia delante, no resulta común encontrarse con un lateral izquierdo que, por condiciones, parece destinado a llegar muy lejos en el fútbol.
Un Numancia en agonía espera en la ciudad del frío. Cantada por tres de los más célebres poetas que España ha dado (Bécquer, Gerardo Diego y, sobre todo, el inmenso Machado, don Antonio) e inmortalizada por Cervantes en la tragedia clásica que cuenta el cerco de Escipión el Africano, esperemos que en Los Pajaritos sólo se escuche la lira de algún vate rojiblanco o, en su defecto, que en la crónica del próximo lunes de Manuel Rosety, quizá más prosaica pero sin duda no menos sentida, leamos que ya tenemos 36 puntos.


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