
Un ojeador con menos puntería que las escopetas de feria desestimó su fichaje para las categorías inferiores del Murcia alegando que el chaval era «demasiado estrecho de pecho». El fútbol redujo a la categoría de ocurrencia aquel diagnóstico, más anatómico que técnico, porque el descartado iba a ganar en las dos décadas siguientes ocho títulos de Liga, cuatro de la Copa del Rey y dos de la UEFA con el Real Madrid, aparte de uniformarse con la camiseta de la selección española en 81 partidos antes de dejar los campos para ocupar la banda como técnico.
Al jugador José Antonio Camacho Alfaro se le podía definir con virtudes en apariencia enfrentadas: era fiero en los marcajes pero sólo fue expulsado una vez en más de 400 partidos ligueros, batió la marca de encuentros disputados con la 'roja' a pesar de que una lesión le impidió calzarse las botas de futbolista durante casi dos años y perteneció a una quinta madridista con muchas joyas -Del Bosque, Amancio, Pirri, Santillana...- que pese a ello nunca pudo alzar la Copa de Europa.
La nueva vida de Camacho tras emigrar desde el césped al banquillo se inició en el club de su vida. El murciano, que en su día había desoído los cantos de sirena del Barcelona para optar por el Madrid (tras debutar con el Albacete en primera regional), dio sus primeras voces como entrenador de los juveniles 'merengues' y fue ayudante de Alfredo di Stéfano en la primera plantilla antes de despuntar con el Rayo Vallecano, al que ascendió a la máxima categoría en su temporada de estreno como preparador, en 1993. Un par de meses después puso en juego su recién adquirido prestigio como técnico y regresó a Segunda para repetir el ascenso con un Espanyol que penaba en esa categoría cinco años después de haber jugado la final de la UEFA. En Barcelona, sumó méritos y devolvió a los 'periquitos' a la división de honor. Al cabo de tres años se fue del club dejando como herencia la clasificación del Espanyol para la UEFA.
Su primer revés llegó al ser despedido del Sevilla a mitad de temporada, aunque disipó dudas sobre su valía al regresar al Espanyol y cerrar el curso con una nota que le hizo graduarse como el mejor de la clase, porque la Federación Española de Fútbol le entregó el mando de la 'roja' en sustitución de un Javier Clemente incinerado por una derrota chistosa ante Chipre. Camacho, que por filosofía y currículo parecía el técnico ideal para el cargo, superó ligeramente el porcentaje de victorias de su antecesor, pero pudo con él la maldición de los cuartos de final que padeció España en la Eurocopa de 2000 y el Mundial de 2004.
Del Benfica al Madrid
Los sinsabores internacionales animaron al murciano a irse a la grada durante un año sabático. Aunque no había triunfado con la selección, ya tenía credenciales de cónsul español en el extranjero y a la temporada siguiente le llamó el Benfica portugués, al que entrenó en dos etapas, antes y después de su paso por el Madrid. El encuentro con el club que le había hecho grande como jugador fue un desencuentro con dos entregas: en 1998 ejerció como técnico 'merengue' durante menos de tres semanas antes de dimitir por tropiezos con la junta directiva y en 2003 duró como entrenador poco más de tres meses por tropiezos con la plantilla blanca.
Osasuna le empadronó en Pamplona hace medio año, como remedio a Cuco Ziganda, que había dejado al equipo navarro en puestos feos. Debutó en El Molinón. Su proverbial coraje hizo que la afición 'rojilla' le recibiera como agua de mayo. A día de hoy, el Reyno de Navarra mantiene intacta su fe en Camacho.


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